La ciudad de los prodigios

Reseña de La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza por Oscar González en su blog RES PVBLICA RESTITVTA (14/08/2012)

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Releer la novela de Mendoza es todo un acontecimiento personal. Llega un momento en que te pica el gusanillo, te llegan viejas sensaciones y sabes que llega el momento de retomar la novela y volver a leerla. Sabes de antemano que no te va a decepcionar, por muchas veces que la leas. Tiene dos alicientes, uno de ellos personal –Barcelona como escenario– y el otro se presenta como un embrujo, como una seducción desde las páginas, que te atrapa y te impulsa a seguir revisitando caminos ya recorridos. Se llama Onofre Bouvila.

Suele decirse como un tópico que La ciudad de los prodigios es «la novela de Barcelona». El autor no lo ve así, pero (ahí ya entra el modo en el que le lector se apropia de la novela y la convierte en suya) en cierto modo lo es; pero no es una Barcelona tangible, real; no es la Barcelona que aparece en los libros de historia, aquella que uno debe buscar cuando busca información sobre unas décadas determinadas. Que la novela fuera publicada en mayo de 1986, apenas unos meses antes de que la Ciudad Condal fuera elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1992, fue como un impulso a posteriori para convertir el texto en ya un texto referencial, la prueba definitiva de que se ha convertido en la mejor campaña de promoción de la ciudad. Que además la novela transcurra entre dos acontecimientos de alcance mundial, como en 1992 también lo fueron unos Juegos Olímpicos, era la prueba, se podría argüir, de que es «la novela de Barcelona». Bueno, es fácil tirar de conmemoraciones y reinterpretar el pasado (y el presente) de un espacio determinado.

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