Ochenta y seis cuentos

Artículo publicado en El Cultural de El Mundo por Joaquín Marco el 18/07/2001

La personalidad literaria de Quim Monzó no ha de ser un descubrimiento para el lector no catalán, aunque no haya alcanzado todavía, en el ámbito peninsular, la popularidad de que goza en el catalán. Sus colaboraciones periodísticas en castellano se publican en revistas de ámbito nacional, pero su inteligente sentido del humor fue muy celebrado también en la televisión catalana en horas de máxima audiencia. Desde los medios, pues, ha ido forjándose su entidad de “personaje”, que complementa la vertiente literaria. Por otra parte, pese a haber cultivado la novela con éxito, sus libros de relatos constituyen la parte más valiosa de una obra que es ya considerable. Ochenta y seis cuentos constituye una selección de relatos que proceden de los siguientes libros: Uf, dijo él, Olivetti, Moulinez, Chaffoteau et Maury, La isla de Maians, El porqué de las cosas y Guadalajara. Los cinco libros de relatos, por otro lado, poseen una unidad interna, porque los mecanismos de escritura de Monzó no varían en exceso. Sus relatos sintetizan el absurdo kafkiano, el realismo minucioso, el surrealismo (no sé si alguien habrá señalado ya algún rasgo del Buñuel surrealista en ellos). Un estilo conciso añade valor documental a sus piezas.

Cualquier elemento cotidiano puede servirle al escritor como punto de partida. Todo sirve para elaborar una historia que funcionará con la precisión del relojero. Aprendió de Borges, modelo universal, que en el relato no puede sobrar una palabra, como en el poema. Pero el humor, a menudo ácido, puede subvertir la realidad.

(…)

Los Ochenta y seis cuentos son también ochenta y seis maneras. El autor no se repite. El cuento puede gustar más o menos; jamás aburre. Siempre hay tras él una sonrisa, fruto de la agudeza de su creador. A mi juicio, Quim Monzó escritor está a la altura del personaje público que ha logrado cuajar. Su realismo configura un mundo pleno de ideas, sorprendente: fuegos de artificio que configuran un mundo entre escéptico y pesimista, aunque no desesperado. Podría asegurar que es el mejor de los cuentistas peninsulares (más acertado en los breves, hoy en boga), pero el mundo del relato tiene mucho de sociedad secreta. ¡Quién sabe! No cabe duda, sin embargo, de que ha contribuido a revitalizar el género y hacer gratas las horas de lectura que reclama su libro. Quizá algunos lectores ya lo conozcan, porque no es éste el primero de sus libros que se ha vertido al castellano. Si así fuera, el placer de la relectura resultaría mucho mayor.

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