La busca

Libros clave de la narrativa española (X). La busca

Por Guzmán Urrero Peña en Rinconete del Centro Virtual Cervantes

Dice Baltasar Porcel que Pío Baroja es, en lo básico, un escritor y un hombre agriado por su país. Tanto es así, que si bien pertenece a la Generación del 98, esa designación lo incomodó a ratos, y otras veces le resultaba indiferente. Sea como fuere, don Pío es un noventayochista paradigmático. De hecho, es uno de los escritores españoles que mejor revela el derrumbe de lo que un día fue Imperio, y que en su tiempo fue erosionándose con claro impulso cainita.

Tengo delante, en el momento de escribir estas líneas, una de las obras que mejor explican ese cansancio español. Salida de imprenta en 1904, La busca es la novela inaugural de la trilogía titulada La lucha por la vida, a la cual se suman Mala hierba y Aurora roja. Basta recorrer sus páginas para encontrar ejemplos de aquella histórica decadencia que se puso de manifiesto en los albores del siglo xx.

Manuel, protagonista de la obra, llega desde Soria a Madrid, donde le espera su madre, La Petra, que trabaja como criada en una pensión. Aunque Manuel es un buen tipo, y tiene edad y cualidades para arrancarle jirones a la vida, su itinerario no es de ascenso, sino todo lo contrario.

Como quien se va despeñando por un talud, va de fracaso en fracaso, y así da con lo más miserable de un Madrid arrabalero donde la ambición parece un elemento decorativo. En todo caso, Manuel distingue finalmente entre la vida de los noctámbulos y la de los trabajadores. «Para los unos —dice para sus adentros—, el placer, el vicio, la noche; para los otros, el trabajo, la fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía ser de estos, de los que trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra.»

A la vista de su argumento, queda claro que el tono de La busca es realista. Pero ello no impone un estilo prolijo. A don Pío, como se sabe, le iban más los bocetos al carboncillo.

Con el naturalismo como enseña, Baroja desgrana los ambientes con fluidez, un poco al desgaire. Se ha querido ver en muchos de sus pasajes una postura expresionista, lo cual sitúa a esta obra en un marco europeo más amplio, e incluso permite paralelismos pictóricos con artistas de la talla de Gutiérrez Solana.

En todo caso, uno de los hallazgos del novelista es su reflejo del habla popular, coloreada con germanías y modismos coyunturales, giros del hampa y expresiones de sabor castizo. Ello contribuye a la espontaneidad de la entrega, a la que ahora recuperamos como lo que es: la lúcida fotografía de un río revuelto donde la ruindad siempre se sobrepuso a la esperanza.

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