El ruido y la furia

Reseña de la obra de William Faulkner por Sr. Molina para el blog www.solodelibros.es (3 Noviembre 2010)

El ruido y la furia es una novela exigente, a ratos compleja, en algunas ocasiones incluso roza lo incomprensible, pero siempre rebosa una fuerza inusual, una ferocidad que se aloja en lo más profundo del alma; algo que William Faulkner mostró en muchas de sus obras de manera magistral. En este caso concreto, esa furia a la que se refiere el título (bebiendo de las inagotables fuentes shakespearianas) puede hacer referencia al instinto humano, a ese rastro de inquina y maldad que casi todos llevamos dentro y que pesa sobre nosotros como una maldición atávica a la que es imposible sustraerse.

La estructura de la novela es bien conocida: se divide en cuatro partes que se ambientan en momentos diferentes, aunque cercanos tres de ellos en el tiempo; las tres primeras se narran desde un punto de vista en primera persona que cuenta los hechos a través de un monólogo interior, mientras que la última, que sirve como colofón, lo hace en tercera persona, con una cierta objetividad. Los monólogos son los de tres hermanos de una misma familia, los Compson, que a principios del siglo XX asisten a su progresiva extinción debido a una suerte de maldición que les empuja a la autodestrucción; la historia del libro se centra en la relación entre Quentin (el narrador de la segunda parte) y su hermana Caddy: el amor incestuoso que se profesan conduce al primero al suicidio y a la segunda a la huida, dejando tras de sí un reguero de sufrimiento para sus otros hermanos, Benjamin, retrasado mental (y narrador del primer episodio), y Jason, cruel y despiadado (voz de la tercera parte).

Como casi siempre ocurre en las obras del escritor sureño, la visión del destino como un acontecimiento insuperable y portador de desgracias es recurrente: las acciones que los distintos personajes van llevando a cabo, sus decisiones, sus pensamientos, todo parece ir dirigido hacia un final trágico, hacia una encrucijada última que les ponga contra las cuerdas y les haga ver la imposibilidad de la redención, quizá incluso de la elección. La impetuosa pasión de Quentin por su hermana se muestra de forma hermosísima en el segundo monólogo, en el que el joven, que ha ido a estudiar a Harvard con un gran esfuerzo económico por parte de su familia, desesperado, sale a dar un paseo mientras cavila la idea de quitarse la vida; las visiones del río (al que finalmente saltará) están narradas con una potencia lingüística que, pese a lo intrincado de la sintaxis faulkneriana (incorrecta, caótica y deshilvanada, nos guste o no), no dejan de resultar subyugantes.

Leer toda la reseña

Anuncios