Demasiada felicidad

Infanticidios, envenenamientos, robos, automutilaciones, suicidios, caídas casi mortales… Cualquiera diría que Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) se ha pasado a la literatura sensacionalista, de sangre e higadillos y sección de sucesos. Las apariencias engañan: la violencia está en los 10 cuentos de ‘Demasiada felicidad’ para convertirse en el corazón herido de la trama; corazón que Munro decide acariciar y operar sin asegurarnos que la víctima vaya a curarse. Y trata la violencia de un modo naturalista y necesario, como si lo más atroz (véase el magnífico relato ‘Dimensiones’) fuera inevitable. Lo inevitable es normal, y la normalidad con que introduce esa catarsis, que cambiará la hoja de ruta del relato, sorprende al lector, acostumbrado al emotivo, tranquilo detallismo de la llamada Chéjov canadiense.

Lo más admirable de ‘Demasiada felicidad’ es el modo en que esa violencia –que puede estar fuera de campo, en forma de un adulterio que se cuece en el mismo espacio doméstico (‘Ficción’), o que puede estallar como un grito velado, en forma de violación no reconocida (‘El filo de Wenlock’)– varía el destino de sus personajes sin caer en la redención epifánica ni en la condena moralista. Parece que los cuentos de Munro no acaben: no es que sus finales sean abiertos sino que sus protagonistas siguen su camino, convirtiéndose lentamente en un punto que se funde con el horizonte. Como si tras haber entrado en detalles, de grabar con la microcámara de las palabras el objeto más banal –y por ello más significativo–, el lenguaje abandonara a su materia prima a la más lánguida o tenebrosa de sus suertes.

Munro explora el eterno femenino sin hacer concesiones de género. En muchos relatos las mujeres salen mal paradas: a menudo no saben calibrar la distancia entre lo que esperan de la vida y lo que van a recibir. O a veces explican, vagamente indiferentes, un hecho terrible que escandalizaría a muchos. Son más inteligentes que los hombres, más apasionadas y más peligrosas. Incluso en el memorable relato ‘Cara’, narrado desde un punto de vista masculino, la mujer aparece como la oportunidad perdida, la que tomó la sartén por el mango marcándose el rostro a cuchillo para parecerse más a su objeto amado, que nació con un antojo.

En ‘Demasiada felicidad’, Munro vuelve al género del basado en hechos reales que puso en práctica en ‘La vista desde Castle Rock’. Si en ‘Tres rosas amarillas’ Raymond Carver se conformaba con observar la agonía de Chéjov para componer una sentida elegía, Munro concentra en 60 páginas la atribulada vida de Sofia Kovalevski, novelista y matemática rusa, para ensayar una meditación sobre su personaje favorito, esa mujer que se debate entre la sumisión a las normas viriles y la reivindicación de su lugar en el universo. No es difícil reconocer en los rasgos de Kovalevski el ADN del arquetipo Munro: la heroína que, presa de su sensibilidad, ha aprendido a respetar su visión del mundo. ¡Y qué maravillosa visión del mundo tendremos si nos encaramamos sobre estos bellísimos cuentos’

Sergi Sánchez, 5/1/2011. El periódico

5 pensamientos en “Demasiada felicidad

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